
Llevamos horas sentados a la mesa. Ahítos de comida y bebida, llega la hora de la bandeja de dulces navideños, tan innecesaria para el estómago como imprescindible para el ritual navideño. Alargamos la mano de forma mecánica y dudamos si ser radicalmente tradicionales, es decir, elegir turrón duro o fruta escarchada, o lanzarnos con temeridad a las innovaciones de la temporada. Con el dulce entre los dedos, volvemos a preguntarnos: ¿por qué caemos otra vez? Quizás alguien piense que es una costumbre ancestral grabada en nuestro cerebro primitivo hispánico y sonría imaginando a los habitantes de Atapuerca machacando un turrón reseco, mientras el cuñado interpreta la sonrisa como aprobación de su último chiste.





Cuadros y anuncios publicitarios muestran los cambios culturales que han marcado la forma de consumir y entender estos singulares productos de la Navidad 
Llevamos horas sentados a la mesa. Ahítos de comida y bebida, llega la hora de la bandeja de dulces navideños, tan innecesaria para el estómago como imprescindible para el ritual navideño. Alargamos la mano de forma mecánica y dudamos si ser radicalmente tradicionales, es decir, elegir turrón duro o fruta escarchada, o lanzarnos con temeridad a las innovaciones de la temporada. Con el dulce entre los dedos, volvemos a preguntarnos: ¿por qué caemos otra vez? Quizás alguien piense que es una costumbre ancestral grabada en nuestro cerebro primitivo hispánico y sonría imaginando a los habitantes de Atapuerca machacando un turrón reseco, mientras el cuñado interpreta la sonrisa como aprobación de su último chiste.





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