
Cristino de Vera (Tenerife, 15 de diciembre de 1931) venía a los alrededores de EL PAÍS, en Miguel Yuste, a comer manzanas con amigos, en la época en la que el gran artista canario se alimentaba de lo que le dijeran el cielo, Dios o la pintura. Su amor de toda la vida, Aurora Ciriza, lo rescató para la vida diaria, y eso le hizo un enorme bien a su supervivencia como ser humano y como pintor.
El artista, fallecido a los 94 años, era un místico de fe infinita en la pintura, y jamás dejó de ser el hombre que comía manzanas y bebía whisky en tazas de leche 
Cristino de Vera (Tenerife, 15 de diciembre de 1931) venía a los alrededores de EL PAÍS, en Miguel Yuste, a comer manzanas con amigos, en la época en la que el gran artista canario se alimentaba de lo que le dijeran el cielo, Dios o la pintura. Su amor de toda la vida, Aurora Ciriza, lo rescató para la vida diaria, y eso le hizo un enorme bien a su supervivencia como ser humano y como pintor.
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